domingo 17 de mayo de 2009

Ciento ochenta grados


Esta mañana de mayo
el sol incide vibrante en las hojas
de los árboles de mi plaza
y en mi cara, luz a borbotones.

Los árboles son los mismos,
pero tras un largo año,
tanto ellos como yo
somos enteramente otros.

Durante un año hemos crecido juntos.
Hemos resistido juntos el azote asonante
de un aciago otoño y un cruel invierno
que casi nos cuajan el corazón y la savia.

Pero hemos encajado bien los reveses
y ahora resplancedemos más que nunca
en esta primavera prodigiosa
que nos regala tantos destellos de bonanza.

Mil y una puertas abiertas, de par en par,
mil y un horizontes despejados,
mil y un sueños y mil y una sorpresas,
mil y cien veces mil soplos de aire fresco.

Y aquí estoy hoy, esa otra yo
diferente, más yo y más grande,
en esta diáfana mañana,
en tránsito, de un año a otro,

de una ciudad a otra,
de un encuentro a otro,
en este preciso día
en que cumplimos años tantos.

Colmada de regalos embriagadores,
me conmuevo con el más sublime
de todos los que la fortuna
me ha brindado justo en este día,

estar con las dos personas que más soy
y que a su vez cumplen años conmigo
en una extraña ironía del destino,
emotivo giro de ciento ochenta grados.